Discurso apambichao: sobre el merengue en Barranquilla.

ALEXIS MÉNDEZ

¿Un ritmo? Sí; ¿Un baile?, también; ¿Un género? Por supuesto. Lo más acertado es nombrar al merengue como un complejo, que de ser, un patrón rítmico, se convirtió en un género musical con baile propio, con diferentes formas de interpretar y variantes que fueron surgiendo a través del tiempo. A esta definición sumemos el mayor atributo, el que designa esta expresión como una de la más representativa y que mejor  identifica la nacionalidad dominicana.

Ese merengue, que hoy es incluido en la Lista de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de la Unesco, inició su recorrido por el mundo un poco antes de la mitad del siglo XX. Para ser más específico, entró a muchos lugares de la mano de esos dominicanos que, por coyuntura o de manera explicita, se le escaparon a la dictadura de Rafael Leonidas Trujillo Molina, entre 1930 y 1961.

‘Tocar madera’ es poco si se trata de asegurar que el régimen encabezado por Trujillo ha sido el más férreo y cruel que le ha tocado a Latinoamérica, basado en el terror, la intolerancia, el culto a la personalidad y una centralización de poder que se extendía desde él hacia sus familiares y aliados. Y si bien es cierto que en esos años el merengue se vio envuelto en políticas que abonaron a su desarrollo, también lo es que sus intérpretes, al igual que todos los de la música popular, en sentido general, no tuvieron la oportunidad de viajar al exterior.

En ese contexto vivió la sociedad dominicana. Dicho encierro permite asegurar que el merengue que anduvo por el mundo en esos años no salió desde República Dominicana, sino desde otros puntos, donde surgieron figuras que escribieron importantes páginas.

En el caso de Colombia, el merengue entró por la costa Caribe. Quizás es más prudente hablar de varias entradas por diferentes ciudades costeras; sin embargo, no cabe duda que Barranquilla tuvo la puerta grande, gracias a su Carnaval, el mayor resorte que han tenido las diversas músicas caribeñas en la nación colombiana.

Una charla con mi amigo Bassi

Dije Barranquilla y dije Carnaval. A propósito de estos, una conversación con Rafael Bassi Labarrera dio fuerza a mi alegato.

Viajando de Barranquilla a Cartagena rendimos tributo a la muy conocida y reproducida frase de Gabriel García Márquez, que reza: “Lo único mejor que la música, es hablar de música”. El trayecto se hizo corto y el merengue fue la causa. Salió a relucir el impacto causado por Ángel Viloria y su Conjunto Típico Cibaeño con el tema ‘A lo oscuro’, el cual forma parte del patrimonio emocional de los barranquilleros, desde que fue pieza bailable en los carnavales celebrados a partir de 1954.

Viloria, un músico que alcanza la fama en Nueva York, se proyecta por toda Latinoamérica gracias al sello discográfico Amnsonia, cuyo catálogo ha sido bien conocido y valorado, una buena representación de la música popular de las Antillas Mayores.

Su agrupación llegó con unos timbres particulares a partir del uso del acordeón cromático o acordeón piano, el que da mayores posibilidades armónicas que el acordeón diatónico de dos hileras, de uso común en los conjuntos típicos de merengue.

Aquel sonido particular no solo hace parte de la memoria de Curramba la bella, sino de otras ciudades colombianas, donde los nombres de Ángel Viloria, de su cantante Dioris Valladares, su tamborero Luis Quintero, su saxofonista Ramón García, y por supuesto, el tema ‘A lo oscuro’, constituyen el mayor referente cuando de merengue se habla.

Pero la conversación no quedó ahí. Salieron a flote otros embajadores que no solo llevaron el género de los dominicanos, sino que bebieron del repertorio de la música tropical colombiana. Luis María Frómeta “Billo” lo hizo desde Venezuela. Fue poseedor de una orquesta paradigmática que construyó el más ambicioso repertorio de música tropical bailable jamás visto, y allí estaba el merengue. Alberto Beltrán cantó ‘El Negrito del Batey’ con la Sonora Matancera, Luis Kalaff, también desde Nueva York, se dio a conocer con Los Alegres Dominicanos. Fueron los años en que inició un  contundente maridaje entre música y ciudad.

Baile en la calle de noche…

“Posiblemente Shakira debió oír eso desde chiquita y pensar que era de nuestro folklore”. Aquel comentario de Bassi sí que me dejó pensando. Este se refería al tema ‘Baile en la calle’, motivo de una demanda que su autor, Luis Días, instauró a la cantante barranquillera en 2006. Lo interesante de aquella reflexión es que Shakira pertenece a una generación cuya niñez y adolescencia coincidió con uno de los períodos de mayor popularidad del merengue, en todas partes, incluyendo a República Dominicana.

Barranquilla no fue la excepción. Entrados los años 80, el merengue ya tenía en el Carnaval su mejor plaza internacional, después de la ciudad de Nueva York. Figuras como Johnny Ventura, Wilfrido Vargas y Cuco Valoy, fueron entre muchos, grandes embajadores del género.

En el caso de Cuco Valoy y su Tribu, este realizó una versión del referido tema, que debió ser la causa de este arraigo (y de la fijación de Shakira). Dicha versión, poco conocida entre los dominicanos, dice: En el carnaval de mi Barranquilla / baile en la calle de noche / baile en la calle de día. Otro tema, ‘Frutos de Carnaval’, convirtió a Cuco en cronista por excelencia que dio a conocer particularidades de esta tradición: Arranca pelá / que llegó la Tribu / con la rumba barranquillera al Carnaval…

De algunas vinculaciones

Pero aquellos carnavales fueron más que una plaza comercial para las orquestas de merengue. Estos se convirtieron en plataforma para un intercambio cultural que permitió a las bandas dominicanas registrar una significativa muestra de composiciones colombianas, que se expandieron gracias a la popularidad del merengue. Mientras construyo este discurso apambichao, llegan a mi memoria temas como ‘La guacherna’ y ‘Volvió Juanita’ de Esther Forero, que Milly y Los Vecinos convirtieron en columna de su repertorio.

Así como Bassi sugiere cierta apropiación emocional del tema ‘Baile en la calle’ por parte de una generación de barranquilleros, el pueblo dominicano ha hecho suya la canción ‘Volvió Juanita’, a partir de una realidad social que involucra la diáspora, en especial la de Nueva York. El tema se ha convertido en un símbolo de la navidad, ya que muchos dominicanos que viven lejos de la patria tienen por costumbre visitar el país en esa época del año. La vinculación ha sido tan estrecha que hoy forma parte de la jerga popular. Decir “Volvió Juanita” en un barrio de Santo Domingo, significa que alguien llegó del extranjero.

Hay otras composiciones del espectro tropical colombiano como ‘Patacón Pisao’, esencial en el repertorio de Johnny Ventura. También ‘Las Tapas’, que habla de cinco ollas de Chicha, las que Ventura sustituye por cinco ollas de Mabí: Cinco ollas de Mabí yo tengo/ pa´l bautizo de María… El Mabi es una bebida que elaboraban los taínos, aborígenes de la isla que hoy componen República Dominicana y Haití, Cuba y Puerto Rico. El trabalenguas de Eliseo Herrera, grabado por Los Corraleros de Majagual, fue adaptado por Los Hermanos Rosario y llamado ‘Las Locas’. Fernando Villalona ha tomado varios, entre los que destaca ‘Amaneciendo’, de Adolfo Echeverría. También ‘Te olvidé’, tema emblema del Carnaval de Barranquilla, fue abordado por July Mateo, “Rasputín”.

Quedo corto en estas líneas. La lista es larga y no es para menos, pues se trata de expresiones musicales presentadas en compases binarios, lo que permite organicidad al momento de adaptar. Nuestros toques y cantos cuentan con células comunes que constituyen una alerta a la hora de hablar de orígenes en el Caribe.

La Doctora María Teresa Linares, musicóloga cubana, ha elaborado una tesis muy interesante, en la que se refiere a esas células comunes que habitan en el Caribe. En efecto, existen elementos vinculantes entre las expresiones de los taínos y los nativos de la meseta de América. En cuanto a los esclavos africanos, estos llegaron de puntos distintos y fueron a llevados a puntos distintos, pero entre ellos también existe un común denominador. Con los de Europa, las diferencias resaltan en el proceso de colonización, nos obstante abundan elementos similares.

Esos vasos vinculantes, más cercanos o lejanos, de acuerdo a la nación colonizadora o al grado en que se manifiesten las distintas culturas en el mestizaje, están presentes en las músicas criollas. Linares asegura que “en la música vemos la constante evolución o cambios de instrumentos, estilos, modos de hacer, en el uso de los sectores más progresistas, y además, vemos cómo permanecen algunos elementos fundadores básicos, como elementos tradicionales, aún pasados de moda, que se conservan en ambientes donde la tradición se asienta”.

Todo eso justifica la afinidad de los diferentes países de la cuenca del Caribe, de la que queda mucho aun por contar. Seguir explorando esas reflexiones junto al amigo Bassi, las cuales se hacen evidentes en nuestras maneras al hablar, de sonreír, de gesticular. De todo eso que se traduce en la forma en que un dominicano siente al escuchar una cumbia o un porro, o de cómo un barranquillero siente al escuchar un merengue. Lo escrito me ha llevado a pensar que la gente de Barranquilla es más parecida a la dominicana (también a la cubana y puertorriqueña) que al resto de Colombia. Pudiera ser sacrilegio, pero tal parece que tenemos el mismo pulso.

Alexis Méndez: comunicador, gestor cultural, profesor de Ciencias Sociales. Santo Domingo, República Dominicana.

http://revistas.elheraldo.co/latitud/discurso-apambichao-sobre-el-merengue-en-barranquilla-141035